jueves, 15 de noviembre de 2012

Un poco de todo y mucho de nada.

Me contó que aquella tarde iban en la guagua, porque habían salido del trabajo como todos los días y regresaban a nuestro Tulipán añejado y empolvado de siempre, cuando se presentó a la vista de todos, el escenario grandilocuente de una sociedad amalgamada entre gritos y lanzamientos de embriones de gallina. Huevos, benditos de la canasta básica  Revolucionaria que se convertían en menos de una eyaculación precoz, en la granada más mortífera de la dignidad humana.
Él acompañaba a mi madre, que a su vez me acompañaba a mi, que me movía con insistencia en esa camita feliz que resulta ser por nueve meses el vientre femenino. Yo sin dudas los acompañaba a ellos, ajeno a las revueltas más seudorevolucionarias de la historia cubana y universal.
Me contó que entrando ya en territorio marginal, con esa estirpe mambisa, machete en mano, salió a dar la cara un mortal, y gritando con voz calmada y baja, aclaró que al primero que se le ocurriera lanzar la granada alimenticia, recogería su mano antes que la cabeza. Angela sabiendo de la bravura de aquel, reorganizó a su pelotón y marchó en búsqueda de otros emigrantes, ¨escorias¨, ¨gusanos¨, ¨contrarrevolucionarios¨ de pronta estampida. Ella misma, compañera de los programas y organizadora de piquetes antinaturales, comunista por auto declaración y leninista porque tocaba por la libreta de abastecimiento, logró años después permutar sus creencias fidelistas, por las cristianas, emergentes del periodo especial.
Aquel mambí moderno marchó a un norte revuelto y deseado, sin manchas de huevos en la memoria personal. Mi padre aun lo recuerda como salvador de lo que a él le tocaba enfrentar: el desorden y el sinsentido de la violencia acumulada en un huevo salvador de una cena años después.
La Micro Fracción aun existe Raulito, en este país, que ni es comunista ni es na´, dijo mi conciencia, el día que Carlos, mi compañero en la Facultad de Ingeniería, me avisó que no podía llevar aquel pulóver blanco como la paz, porque estaba manchado con esa pequeñísima bandera norteamericana y ¨enemiga¨.
Carlos, -le dije- mi hermano, deja la anormalidad, que en primera. no tengo otro, en segunda, esta es la bandera de Lincoln y de Malcom X, y la respeto como a cualquier otra, y en tercera asere, no me vengas con estupideces, que ya estoy hasta los cojones de lo mismo.
Él, con esa sabiduría que le otorga el hecho de ser presidente de la FEU, militante inclaudicable de la Juventud Comunista, y portavoz de una sabiduría administrada por un titiritero oculto, me explicó coloridamente que era una cuestión de patriotismo rechazar cualquier símbolo de  invasión ideológica  que tenía que ajustarme o presentarme a un posible consejo disciplinario. 
Cuanta utopía rota. Se me borró la historia de Hemingway, besando la tricolor de la estrella solitaria a su llegada a La Habana en el 54, se me fue también por el caño la increíble leyenda de Henry Reeve.
Seguí llevando mi único pulóver revolucionario, con la barras y las estrellas en miniatura, sin ofender a nadie más que a la idiotez humana. 
Resulta tan extraño todo.
Años atrás mi padre me comentó el día que detuvieron a mi abuelo, y le plantearon por necesidad histórica y seudojustificada que tenía que irse del país. Aquellos hombres grises le habían colocado en sus manos de jugador empedernido de bacará y boxeador prematuro, un documento que a sus ojos analfabetos se le ocultaba el significado de la propuesta partidista. Mi madre, sabia lectora homologada con su sexto grado de educación, le tradujo al Cojo Bibijagua, que aquella cuartilla le recomendaba que se marchara a una orilla distante y enemiga, que lo botaban para hacerle el favor a una sociedad que se construía con los más elementales principios cívicos y humanos.
Él Cojo, había boxeado con cuanto campeón popular le llevaran, era experto cargando dados y marcando barajas, conocía como nadie la seducción criolla en los versos de cuantas rancheras mexicanas existiera, sabía corresponder a la injusticia ajena con puñetazos y retoricas. Sabía como pocos,  querer a los niños, conocía de rones, cigarros, y sexos robados a mujeres. Era desde que nació un paciente caminador y hablador. Esa tarde, con la misma paciencia con la que trotaba por la vida, respondió a los grises ejecutores de la barbarie, que cuando se fuera Fidel Castro y todos ellos, se iba él.
A mi no me pudieron botar Agüi, me aclaró tiempo después.
Me contó que no se dejó poner el nombretico de escoria, ni de excluible, que el se llamaba Cándido Rodríguez Juvier, y que sus amigos, que eran todos, le llamaban El Cojito.
Mi padre también me contó que un día él mismo disparó contra unos invasores, que entraron de madrugada en una playa, que no le temió a la muerte visible y primaveral. Qué aquellas granadas blancas y digeribles que lanzaban a los cubanos emigrantes le dolieron en el pecho tanto como las que mataron a sus compañeros del pelotón en abril del 61.
Él Cojo, se murió en una cama cubana, sin pasar frió, ni hablar inglés, lo enterramos como raíz preciosa en las tierras del viejo  y empolvado Tulipán.
Carlos, viajó por el mundo conocido, regresó,  ahora es dirigente de camisa a cuadros y panza llena, y aun no sabe porque la ideología ni se enseña ni se prohíbe. Sigue siendo él, un cuadro más. 
Angela no sé en que templo estará rezando y pidiendo perdón a su Dios, eso espero, por los pecados cometidos con los huevos en la mano.  
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martes, 13 de noviembre de 2012

La barbería de Aldito.

Ahí mismo en la sala de su casa sin terminar plantó su barbería, llanta de camión soldada a un sillón de alambrones que giraba sometido a la mala lubricación de una caja de bolas rusa; espejo manchado y caja de zapato para las herramientas, escoba y recogedor. Acompañaba el cuadro criollo barberil, un ventilador con motor de secador de maquina de lavar, también rusa, y a trabajar. Los frijoles llegaban por esa vía, cortando y quitando lo que los clientes le pedían. Aquella sala estaba siempre llena de gente del barrio; cazadores de vidas, chamacos que pedían a gritos entre botellas de alcohol y populares de bodega, unos fulas más y la oportunidad de buscarse la vida.
Aldito había sobrevivido a la Tormenta del Siglo, bueno, en verdad sobrevivió a la mitad de mierdas de su casa que casi le aplastan la cabeza y el pecho. Lo atrapó durmiendo y sepultado quedó. El dolor vino horas después cuando materializaron la desmaterialización del Gao, la casa, el templo viejo del barrio de Los Obreros.
Siempre fue como mi casa, sin tocar la puerta me adentraba hasta la oscuridad de la cueva. Su hermana, que también era mi amiga desde pequeños, encontraba su dialogo con Dios en cinco metros cuadrados, donde cohabitaban entre colchones recogidos, gasificador de brillantina y la maquina de coser de Alfa, su madre,  que era desde los tiempos memorables de los productos soviéticos, su medio de trabajo.
No recuerdo a Alfa descansando, desde que quedábamos para robarnos los mangos en casa de Parodi, nos decía, en su clip clip del pedaleo de maquina, que nos cuidáramos.
Maito, ripostaba, con cada trago matinal y noctambulo diciendo en voz muy bajita que la pobreza pasa, la deshonra no. Con José Martí, creo que vivía sus borracheras permanentes y desaceleradas. Los mejores buches de café malos me los brindaba  Maito, cuando iba hasta su cocina a preguntarle como estaba, siempre me miró a los ojos, me apretaba la mano, y como hacen los hombres de bien me daba el mejor consejo, de que no bebiera ron.
Yaremis se fue hablar con Dios en otro idioma, con la sentencia característica del be or not to be, nos dejó como herencia, un cariño que es imposible separar de las bocanadas de aire que a veces cogemos.
Aldito, lleva tiempo récord en cortar pasas, cabellos, barbas. Se había hecho profesor de enseñanza media, trabajó y trabajó, descansaba cuando pelaba a los locos que le dejaban la cabeza, y con tanto trabajo desenfundado, sacó, con otras ayudas por supuesto, la casa de aquella prisión que tenía como integradora, los secretos más guardados de cada integrante familiar. 
Les dijeron que lo materiales llegarían. No les dijeron en que año, siquiera les avisaron si sería en el milenio pasado; en este, no han recibido notificación. Desde aquel fatídico día del 93 en que Aldito casi pierde la vida, le ha sobrado la esperanza de ver terminada su guarida  en el barrio de Los Obreros, capital ilustre del Tulipán marginado por los marginados.  
Cuando no me despedí de él, me dijo que estaba bien eso de que viajara y regresara, que nos veríamos  planificando fiestas y desordenes mujeriles, que ya el ron sabría diferente por lo añejado que se encontraría de no tomárnoslo juntos, que ya quedaría él para recibirme, porque el se quedaba a cortarle las pasas a cuanto negro apareciera en su casa y a los chamacos que quisieran parecerse a sus reguetoneros favoritos. 
Ya en el Yuma, hay muchos barberos Pérez, me sentenció. Lo mio es terminar esta mierda que hace 19 años estoy levantando, comprarme un Karpaty, y sonarme con una buena botella de ron los sábados,  enredarme con la primera que aparezca. Yo soy de aquí asere, de Los Obrero, déjale el Yuma y la Madre  Patria a otro.
Regresé aquella mañana, y después de que escuchara mi, ¿qué vuelta tío?, me miró con esa paciencia que siempre ha tenido mi amigo Aldito, le espetó a mi madre; Hortensia, ¿de donde pinga tu sacaste al gallego este? 
Hoy tengo deseos de verlo y como cuando éramos fiñes, irnos a robarle los mangos a Parodi, el mismo Parodi ahora gay, pero siempre generoso pa´ decirnos que los mangos no se los podemos coger porque son de su abuela, ya muerta hace tiempo.

viernes, 9 de noviembre de 2012

El Mano, la transculturación.

Manuel se llamaba, pero sus amigos le decían Manolito. Fue, en los tiempos de conocernos, un tipo interesante, como esos que habitan en los libros de historias, con más cualidades que la media de los que los leen. 
Fue en aquella época que lo conocí, un inteligente de aulas, analista hábil del contexto en el que se movía, tremendo tomador de ron de cafetería popular, congresista de cuanta pipa de cerveza se escapaba por las calles de la ciudad, sandunguero de carnavales, bailador de casino, coreógrafo  de las fiestas del 28, opositor de opiniones disparatadas, vanguardista en los trabajos voluntarios, planificador por excelencia de las ruedas de casino. En eso nadie le ganada a Manolito, tenia más salsa cubana en las venas que glóbulos rojos, un eclecticismo en sabiduría de mesas de dominó y academia de lenguas callejeras, con libros de Marx, Martí y Kundera.
Tengo que confesar que El Mano, como le llamaba yo, poseía un ingenio mayúsculo; siempre se las arreglaba para vivir de forma rápida y barata, en cuanta fiesta o situación se le presentaba, no contaba con las pesetas aquellas que garantizaban una cerveza marrona y fría, mas, si tenía la sabiduría necesaria para conquistarla en cualquier campo de batalla, digo, la cerveza, no la peseta, porque El Mano pasaba de eso; el dinero esclaviza mi ambia, decía con esa expresión certera, incapaz de ser rebatida. Lo mejor es esperar poco y contar con mucho para dar, sentenciaba siempre que podía. Que clase socio El Mano, ya casi lo quería como a un hermano, hablaba y pensaba igual a las cosas que hacía, era en aquellos siglos memorables de la escaseces cubanas, donde un apretón de mano sabía a tamal de playa, una buena yunta.
El Mano se piró, se fue echando, se montó en el tubo de aluminio y voló como Matías Pérez, se cansó de tanta hambre compartida y callada, sacó una cuenta muy buena, donde los resultados apuntaron hacia el consumismo de las cosas materiales necesarias para no necesitarlas. 
Ñooo, que clase de dolor en el pecho, se fue pa la pinga mi hermano de parrandas, el colega de las empataderas con jevitas universitarias y el paño de lagrima.
Que mierda esta la de perder a los amigos, pensé en aquel milenio que duró la separación.
Años después cuando me piré yo, me enteré por primera persona que El Mano, sigue jugando dominó. hablando un acento extraviado y forzado a ser autentico, con más pesetas multiplicadas en los rincones de su bolsillo de lo que esperaba antaño, pesetas diferentes y raras, que compran cosas raras y nuevas. Tiene una maquina que el llama Mine New Car, mi nave espacial, algo así, habla entre un ohhh prolongado sobre la democracia verdadera, y la libertades de expresiones antes encarceladas, de disidencia y exilio histórico, entre un Chivas Regal  a la roca. o Johnnie Walker, que allá, en aquella orilla, lejos de la Revienta Cordeles en la que nació, le llaman Juanito el Caminante. 
Ahora, mi ex referencia es un libertario sin tiempo y tropa, anticolumnista, y disipador de sueños ajenos.
Quedé, y no lo dudo, algo confundido, porque, como se puede perder la libertad de las pipas de cervezas para embotellarla con Juanito el Caminante. La salsa del casino improvisado, cansado y conquistador de faldas a un what's up man cubaniao, diciendo que está si es la verdadera libertad de la que te hablaba en el barrio. Manuel, el Mano, la referencia, se quedó atrapado en la única celda que no conozco.
El Mano me recuerda siempre a la transculturación. 

jueves, 8 de noviembre de 2012

A mi Ligia querida.


Este filo matador que me trae la tarde.
Quedo hecho un desastre de torturas indeseadas en las brazas de mi pecho.
Siento la obligación inmediata de nuestras locuras.
La distancia finita queda, como es sabido, en el silencio extraño de mi espacio.
Muero a segundos en descampados gritos.
El consuelo se perdió.
Diviso a lo lejos el candil de tus cabellos, negros, grandes, amados.
Se funden las ganas de verte reír.
Se aquieta el suspiro permanente de tu cariño.
Lo quiero siempre.
Resonará dentro de tu alma este huracán bravío de mis sentimientos.
A veces, siempre.
Contagiándome con cada una de las dulces rosas que emergen de tus labios.
De tus muslos  acabados de gozar.
Desaparece el filo.
Cuando te alcanzo en esta distancia finita con un beso de mis brazos.
                                                                                El Cojito Bibijagua. Octubre 2011.

Els Castellets.

Le dije a mi amigo Sergi que los quería ver, planificamos entonces la ida, la llegada y el regreso. Los Castillos Humanos; que gente más rara son, se quieren, se quieren, se quieren. Se amontonan, se reúnen. y entre pilas y pilas de hombres, mujeres y niños levantan una micro sociedad, dorada con el sudor y el esfuerzo individual.
Que gente rara.
Me quedé, creo que desde ese momento en la ventana apasionante de esta Catalunya rara, nacionalista, independentista, con su bandera estrellada, La Estelada. Me contó mi amigo que se inspiraron en la cubana, para forjar ese equilátero azul con las franjas aragonesas, ella sola, nacionalista y republicana, invita a una charla.
Vicenç Albert Balleste vivió en Cuba, y le gustó aquella bandera anexionista del venezolano Narciso e independentista de los mambises manigueros, indudablemente se quedo con la parte independentista, y machetera, que los hombres descalzos a caballo teñían con sangre, la tricolor de la estrella solitaria.
Que gente más rara, dios mio.   
Estaba la plaza llena de gente, de gente rara. Rodeados de Esteladas, la muchedumbre catalana bebía entre sorbos de cervezas, una alegría y armonía única, mezclados estaban a la espera de un llanto amenazante del tisú de Valls.
No se fueron, se quedaron agarrados en una manera de vivir con rareza alucinante, la escalada de una niña al cielo, a lo más alto, al infinito.
Casi grito y subo con ella, me empujaban algunos sentimientos, a unirme a un castillo humano, sobrehumano, sobrecatalán, de alientos fundidos, espardeñas apretadas y cuellos estirados.
Que gente.
Es posible que en pleno siglo veintiuno , nos enseñen que una sociedad es como el castell de hombres, mujeres, niños, unidos, cuidándose unos a otros, respirando, aplaudiendo, llorando, sufriendo. Es posible que desde ahora y 200 años atrás nos lancen esta lección  única de apretarnos juntos. Que gente más rara, locos, insomnes del desafío, collas estimulantes. Esta gente rara me ha dejado una piña sagrada, una Estelada y un pincel. La niña sube, como porvenir emergente, yo suspiro, aplaudo y subo con ella.