Por: El Cojito Bibijagua.
No recuerdo bien si fue la mata de aguacate del fondo de la
casa, en el patio ajeno y vecino, donde
un día me caí de cabeza y él me guardó el secreto, o los cruces de vallas que
realizábamos para robarle a Rafelito las ciruelas, lo que nos unía. No
recuerdo muy bien, si las incursiones al refugio antiaéreo de Jesuito el
padre de mi prima Yiyi, o las bolas y los trompos que nos disputábamos en el
patio de Felo, hacía que siempre estuviéramos
juntos. No compartíamos el círculo infantil, pero sí recuerdo que con mis 5 años
ya preguntaba por él cuando me recogían en Niños Felices de la Primera de Tulipán.
Fuimos siempre cinco primos: mi hermana que sigue siendo la mayor y más cuerda
de todos, Janvi Rabo ´e yegua, Maiquel Pelo ´e saco, mi primita
Yiyi, y yo, que gracias a mi tía Iliana me llamaban Maneno Culo ´e
gallo. Casi siempre andábamos juntos, mi tía Papita nos proporcionaba los
juguitos Taoro y los chicles que desde el Jagua sacaba para hacernos la
infancia más feliz, y en todo ese tiempo corríamos juntos, a veces, delante de
Janvi y en otras ocasiones detrás de él con las ganas de vengarnos por las
cosas que nos hacía.
Los años pasaron y
por decisión que ni me preguntaron, me inscribieron en una escuela cerca del
centro de la ciudad. Debió ser por la lejanía que me situaba de Pelo ´e saco,
de mi primo el Pichón, Janvi, Yamuri, y los demás del barrio que lloraba todos
los santos días en el primer grado de la Julio Antonio Mella. Los pequeños
tiempos que me quedaban en la tarde para escaparme con Pelo ´e saco, en los trotes de las
muchachadas, no me bastaban para reparar tanto aislamiento involuntario. Pero
la divinidad existe y en solo tres años me cambiaron para la escuela del
barrio y entonces matriculé en la misma
aula donde él se sentaba a tratar de
aprender las letras que pocos años después abandonó. Yo quedé contento porque
me unía a mi primo desde temprano y para variar un poco nos fugamos unas
cuantas veces de la escuela, y nos fuimos para la Quinta, a comer nísperos y
mangos verdes, darnos un chapuzón en el río que años después nos enteramos que
no era rio, ni riachuelo, ni ná, sino un desagüe de las casas del Callejón de Andulce.
Llegamos a la secundaria, y mi primo Pomponio ya sabía
matar puercos, gallinas, topar gallos, hacer nudos y montar a caballo. Yo,
rezagado en aquellas maniobras varoniles, lo seguía admirado pero siendo un pésimo
aprendiz de labores mundanas. Lo admiraba desde ese entonces. El no sabía leer
muy bien, ni sumar o restar los caramelos y las figuritas de clases, ni enlazar
la idea equis distante de Cruces con Palmira en las clases de geografía,
pero si sabia buscársela desde chiquito, desde atar a una bestia hasta cortar
la hierba con el garabato y el machete afilado. Yo andaba apurado para ser como
Pelo ´e saco, ganarme la confianza
de los demás por la buena y
ejecutable labor que él hacía, o
simplemente revolcarme en las migajas de la admiración que causaba en el Cojito, mi abuelo, porque desde
ese entonces ya era grande, grande de sentimientos y acciones. Nunca defraudó a
un amigo o se acobardó en una pelea. Sabía colocar las distancias con una buena
llave de Judo, o un jab inesperado. No sabía leer las letras pero sí las
emociones y despegaba como loco único en los deseos de ayudar a su abuela que
también es la mía, o poner en la mesa un par de frijoles ganados por el
esfuerzo personal.
Sigue aún siendo un
niño, pero grande, con muchas madres y padres. Lo admira y quiere el mío, lo
estima mi hermano que desde el cielo lo ve, el Cojo aun lo orienta en las pequeñeces
de sus consejos que como antaño acumula toda la nobleza del mundo. Un día me
dijo que como Janvi Rabo ´e yegua quería irse, que como yo volé, él tenía
que hacer lo mismo, porque desde dentro no ve que lo seguimos. Eso, creo,
piensa él. Si es por la mejora que no
necesita, o si es por la distancia que nos aprieta, desconozco su camino. Creo
que tiene necesidad de cuidarnos, de defendernos, porque él es padre, tiene ese
sentimiento paterno, protector, varonil y patriarcal. Siempre recuerdo que Pelo ´e saco fue
la primera persona que admiré, desde mi proximidad en meses de diferencia de edad, y sin vacíos sustanciales, abrazo la idea de
estar juntos de nuevo, sin más excusas que la misma casa de la calle 16.
