lunes, 20 de mayo de 2013

Ser cubano, y eso qué es.





Por: El Cojito Bibijagua.

Es que así somos, ni repetidos, ni repetidores. Más que una mezcla, somos un molde único,  nada perfecto, pero con muchas máculas de grandeza. 
Una fusión universal de culturas, idiosincrasias, una expresión matemática integradora de actitudes.

Conocemos la magia de auto-mentirnos, porque lo necesitamos, queremos reconocernos en una altitud de valores que no necesitan presentaciones, nos sabemos grandes, en una pequeñez mortal y efímera. 
Sabemos de todo y de nada, pero más de nosotros, porque desde hace décadas, la identidad se gestionó, cuando nos revolcábamos en una fusión nacional, con un machete en la mano, cortando cañas y cabezas, al mismo tiempo que le hacíamos el amor a la vida, a las negras, a las rusas, a las españolas, cubiertos de guarapo, oliendo a humo de leña y de tabaco.

Isleños continentales, bañados por aguas truculentas y sandungueras con un ritmo que heredamos confeccionado en casa, con esa alegría que no es caribeña, ni de excusa, sino cubana. 
No hablamos inglés porque no lo necesitamos, hablamos Yoruba, cubano, barrio-medular lenguaje de la guapería intelectual, hablamos el idioma de las emociones, siquiera ese castellano enseñado en las aburridas clases de Lenguas Españolas.

Creemos en Dios, en los Orishas, en un Olofi caribeño, que baila salsa mientras intenta jamarse a esa mulatona suculenta de nuestras fiestas. Somos católicos, Abakuá, Brujeros, Santeros, Palo Mayombe, cristianos, creemos en todo y en nada, en todos y en nadie.

Además de ser caribeños porque vivimos en esta región, somos europeos, norteamericanos, suramericanos, somos Universal, como sentenciara Martí, como dijera Ortiz, como dice Valero el viejo más querido de mi barrio, ¨somos la Pinga misma Raulito, la Pinga misma¨, si eso mismo, la mala palabra, eso lo somos también, porque hablamos malo, dominamos esas expresiones lindas que se dicen en la intimidad sexual y señorial, en la bodega donde se compra el pan malo de cada día, en los juegos de Pelota, en las broncas autóctonas de la barriada, en las borracheras continuas de las celebraciones que nos inventamos para olvidar que somos un pueblo contento.

Nos servimos de la realidad y vivimos en un mundo ilusorio y utópico, esperando tener un carro, un caballo,   una bicicleta, una botella de ron, unos chicharrones acompañados de una musiquita rica y un dominó listo pa sonar la mesa, y darle chucho al contrario, y cagarse en la madre del que haga falta pa ponerle un poco de toque melódico a nuestras palabras que ya tienen armonía poética, semántica, gramática, sandunga,  tienen de todo.
Somos comunistas, derechistas, republicanos, demócratas, liberales, apolíticos, izquierdistas, fidelistas, anticastristas, guevaristas, martianos, y salseros, de bailes y cocinas, porque la política nos importa como el baile y la jama, mezclando ritmos y sabores, somos de todo cuando deberíamos ser de nada al mismo tiempo que somos de nada cuando por obligación auto proclamada somos de todo.  
Navegamos en la contradicción, en la sapiencia, levitamos en la vida ganada con un peso único de mañas e identidades irrepetidas.

¡Qué clase gente somos caballero!

No somos ni blancos, ni negros, ni mulatos, no somos jabaos, solo somos cubanos, orientales o de La Poma.
Trotamos, como potros salvajes siguiendo quimeras que nos hacen llegar lejos, cabeceando, luchando, trapicheando innovando, reciclando, convirtiendo y reconvirtiéndonos.

Azúcar negra, borrachos consagrados, enamorados de la pubertad, enanos constructores, intelectuales de la marginalidad, hijos de putas titulados, científicos culinarios por la necesidad, amantes prematuros y diametralmente opuesto a lo común adquirido, prisioneros del decoro, intransigentes sin maquillar.

¿Qué es ser cubano? En verdad ni yo lo sé. Somos demasiado populares para tener una clasificación menudamente exacta.

Solo sé que deambulamos por la vida siendo más que sexo, salsa, tabaco y ron, como perfectos contenedores de emociones poco reprimidas, porque lloramos cuando tenemos que reír y viceversa, con resueltos remiendos en nuestras almas.




   

jueves, 2 de mayo de 2013

El Ocaso del viejo




Por: El Cojito Bibijagua.

Había encontrado su mirada en el reflejo que el cristal de la ventana le ofrecía; afuera el viento batía las ramas de un árbol y las hojas desafiaban los golpetazos con que la naturaleza acariciaba la quietud del verde viviente.
Descubría un amarillo mutante en naranja que traspasaba el espacio como dripping perfecto; Jackson Pollock estaría haciendo su más genuino trabajo desde el más allá o el más acá, pensó mientras los dos focos verdes de su rostro se mezclaban en el lienzo que contemplaba. Caramba, concluyó, al menos algo de color he puesto a esta divina obra de arte. 
Algunos recuerdos navegaban en aquel tormentoso vendaval de julio. El ron que sostenía su mano y su espíritu, embriagaba el aroma de la tarde y le otorgaba al ambiente la imagen de una taberna criollamente decorada. 
Mientras La donna è mobile, cedía paso a una Traviata extraviada, le arrancaba una lágrima perdida, en los minutos de su vejez congelada.
Ana Maria llegó, sin darse cuenta, como ángel caído; había reparado en que se le había escapado de la frente unos minutos y no se perdonaba, ni a ella tampoco, por la ausencia que le pareció una eternidad.
Ella había sido su amor joven y ahora convertía sus pecados pasados en un noviazgo maduro e inteligente que él despreciaba y contaminaba con una tristeza ensayada. Cada mañana despertaba sin saber en qué condiciones amorosas le había acurrucado su alma la noche anterior. Cuanta manera de amarla y soñarla.
De un solo movimiento, como experta estocada, incorporó el poco de ron que le quedaba en la copa a su espacio desolado y desprendió una chispa de energía en cambiar sus líricos sonidos italianos por una Maria Teresa Vera, que le sentenciaba que veinte años no es nada de tiempo, para disipar aquella compañía helénica, que le cabalgaba inmensamente feliz.
Observaba aquel ocaso del día a través del Ocaso de su vida, y la Vera le espetaba que no importaba que la amara, que además se representaba en un pasado por el cual no se podía conformar y la copa se llenó nuevamente. 
Guillén, que hijo de puta eres, pensó en voz alta; enseñarle tanta vida a uno para que luego se escurra en estos años que no la supe amar, al menos con dignidad impuesta. Juró que si volviera a nacer, pasaría de los poetas, de Rigoletto, de Corona y su Longina, de todo menos de ese amigo suyo que en la media luz de su vida le recitaba una paciencia armónica y floral primaveral, aquel ron salvador de tanto llanto contrariado y suprimido.
Volvía la vista hacia la ventana, y la imagen le recordaba a un Vivaldi enloquecido con sus Cuatro Estaciones, y la voz de Corona que le había robado el turno a la Vera, le impuso un anhelo añejado. Cerró la ventana, respiró un mundo de ilusiones y recostó su cuerpo maltrecho en la guarida de su cama, donde se imponía soñar con ella cada segundo, en aquel último capítulo en que se había convertido su vida.  
Soñarla era lo genuinamente suyo que le quedaba, acostarse y despertarse con su imagen en el alma.
Guillen que hijo de puta eres, no me enseñaste a olvidarla, dijo en voz baja y apagada. 
El viento penetró la quietud de su ventana, y le aconsejó que buscara el Sol, en la línea continua de su paisaje.
Dio dos pasos, alcanzó el límite de la buhardilla en la que estaba su habitación de anciano aislado, y recordó que no existe mejor forma para escapar, como con la cara al Sol y un pensamiento que siendo mortal, le sigue acompañando ella. Se hizo la oscuridad al mismo tiempo en que los dos ocasos llegaron a su fin.
Besó a Ana Maria, mientras su codo amortiguaba la caída de sus años vividos, el viento cesó y la ventana selló la tranquilidad tormentosa del viejo vencido.